Hay rutas que no se miden en kilómetros sino en relatos. El Camino Real, ese entramado de huellas que alguna vez sostuvo la vida cotidiana del Virreinato, sigue latiendo en la provincia de Buenos Aires como un viaje al pasado. Una invitación a leer el territorio, a descubrir pueblos que crecieron al borde de la historia y a escuchar lo que el paisaje todavía susurra.
Desde tiempos coloniales, el Camino Real fue la columna vertebral que conectó Buenos Aires con el interior profundo y el Alto Perú. Por allí circularon correos, comerciantes, tropas y viajeros anónimos que dieron forma a una red de postas, capillas, pulperías y estancias. Muchos de esos trazos sobreviven en caminos rurales, cascos históricos y pueblos que conservan una identidad marcada por el paso lento y la memoria compartida.
El Camino Real al Alto Perú, oficializado en 1663, fue la columna vertebral del intercambio económico, cultural y político entre el puerto del Río de la Plata y el puerto de Lima. “No está muy en claro la antigüedad del trazado porque aparentemente es un camino abierto por pueblos indígenas que después, durante la etapa colonial se fue utilizando para el traslado principalmente de Potosí a Buenos Aires y además como vía de acceso y comunicación”, contó Federico Suárez, historiador de Luján.

Para integrar postas como Cañada de Rocha y San Nicolás de los Arroyos, clave para el transporte fluvial hacia el Litoral, en la provincia de Buenos Aires conectaba la Ciudad de Buenos Aires con Luján, seguía hacia San Antonio de Areco, y continuaba por rutas secundarias hacia el norte.

Este camino no solo facilitó el comercio de cueros, plata y sal, sino que también fue testigo de hitos fundacionales como la devoción a la Virgen de Luján en 1671 y el paso de próceres como San Martín y Belgrano. “Es el camino de la independencia, todos los que fueron a pelear al ejército del norte o al Alto Perú transitaron este camino”, agregó el investigador.
Recorrer el Camino Real bonaerense es adentrarse en partidos como Luján, San Andrés de Giles, San Antonio de Areco, Baradero, San Pedro, Arrecifes, Pergamino, Ramallo y San Nicolás donde el pasado no está encerrado en vitrinas sino integrado a la vida cotidiana.
“En la Provincia de Buenos Aires el recorrido exacto del Camino Real es bastante confuso. Saliendo de Capital Federal podemos señalar a la Avenida Rivadavia como la senda más aproximada, para luego rumbear al oeste por su continuación -la llamada Antigua Ruta Nacional Nº7 - que atraviesa el conurbano bonaerense junto al Ferrocarril Sarmiento hasta llegar por esta vía a Luján. De ahí, hacia el norte y a través de caminos rurales paralelos a las Rutas Nacionales 8 y 9, se alcanza a la localidad de San Antonio de Areco y luego por el trazado de la llamada Vieja Ruta 9 a Córdoba y Santiago del Estero”, detalló Suárez.


El encanto del Camino Real también está en sus desvíos. Pequeños pueblos que no siempre figuran en los mapas turísticos ofrecen plazas tranquilas, almacenes de ramos generales reconvertidos en bares y fiestas populares que recuperan tradiciones criollas.
La experiencia se completa con el paisaje. Campos abiertos, arboledas centenarias y cursos de agua acompañan el recorrido, recordando que este camino creció cuando el territorio se medía a caballo y el horizonte marcaba el ritmo.
En tiempos donde la velocidad parece imponerse, el Camino Real en la provincia de Buenos Aires se ofrece como un viaje distinto. Promete una identidad profunda, hecha de huellas, silencios y relatos que aún esperan ser contados.