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Cronos Noticias » Relatos Bonaerenses » 27 dic 2020 09:27

Relatos bonaerenses

Historia de Crímenes: un asesino y violador serial, conocido como el “sátiro de San Isidro”

Cuando uno mira para atrás en la vida (ya sea en la propia o en la ajena) muchas veces cuesta encontrar el punto en que se empezó a desviar el camino que produjo un cambio.


  • Historia de Crímenes: un  asesino y violador serial, conocido como el “sátiro de San Isidro”

Pero esa bifurcación, que puede resultar en un ‘giro en U’, es muy evidente cuando las decisiones nos llevan exactamente hacia el lado contrario.

Un buen ejemplo sobre esto es la vida de Francisco Laureana, quien a pesar de elegir el camino de Dios siendo seminarista, decidió volcar su vida hacia el crimen, violando y asesinando mujeres y niñas, hasta convertirse en el asesino serial más prolífico de nuestro país.

Laureana tiene en su haber más víctimas que criminales seriales más famosos que él, habiendo asesinado más que Cayetano Santos Godino, alias “Petiso Orejudo”; Eduardo Robledo Puch, conocido como “el Ángel de la muerte”; o Mateo Banks, quien cometió siete homicidios en la localidad de Azul.

Con trece asesinatos y cuatro violaciones, este sátiro que azotó en una zona al norte de la Capital Federal, no obtuvo (ni quería) la fama de los anteriores.

Oriundo de Corrientes, había sido allí seminarista, pero tuvo que fugarse acusado de violar y ahorcar con una soga a una monja. El tiempo lo ubicó en el coqueto barrio de San Isidro, donde continuó con su obra delictiva y donde también encontraría la muerte.

Cuando cayó, abatido en un tiroteo con la policía bonaerense, ya había carteles donde se difundía un identikit, que lo describían como un hombre de 1,70 de altura; andar: ágil y esbelto; y acento norteño o de país limítrofe.

El identikit fue realizado a partir del relato de un vecino, que intentó correrlo cuando escapaba por los techos de una casa y recibió un disparo al cruzarse con él: "Jamás olvidaría ese rostro", dijo el testigo y para entonces, Laureana ya había violado y matado a más de una decena de mujeres.

Había llegado a Buenos Aires desde Corrientes y se ganaba la vida vendiendo artesanías y figuras gauchescas talladas en madera, muchas de las cuales eran “esculturas en miniatura”, por el empeño y el detallismo que ponía en sus trabajos, ese mismo que también usaba a la hora de delinquir.

“El asesino puntual” fue bautizado por un periodista, debido a que su ritual hacía que atacara solo los miércoles y jueves por la tardecita, lo que demostró que al igual que todos los ‘seriales’ era una persona metódica a la hora de cometer sus crímenes.

Laureana tenía 35 años cuando la bonaerense lo mató y escapaba tras ser reconocido por una vecina. Escondido en un gallinero, fue puesto en evidencia por el perro de la casa. Su dueño llamó a la policía y un nuevo tiroteo acabó con la vida del delincuente, que mientras estuvo escondido acogotó dos gallinas.

Como todo criminal serial, buscó a través del delito tener una libertad que no tenía en su vida común y simuló en ella una vida que realmente no lo llenaba, que lo hacía sentir mal. Así su mujer quedó consternada cuando se la anotició sobre quién era realmente el padre de sus tres hijos, que no dudaba en advertirle cada vez que salía: “No saques a los pibes porque andan muchos degenerados dando vueltas”. Según se supo más tarde, ante la visita policial ella solo atinó a decir: "Acá tuvo que haber un error. Mi marido no pudo haber hecho todo eso. Era un buen padre, un buen marido, un artesano que amaba lo que hacía".

Como buen acosador, el merodeaba la zona y muchas de sus víctimas –mujeres o niñas- eran sorprendidas tomando sol en las piletas o en las terrazas de las casonas de San Isidro. Al abordarlas, las inmovilizaba, abusaba de ellas y luego las asesinaba estrangulándolas o a balazos. En todos los casos, el criminal se llevaba algo de las mujeres como “souvenir” y además, muchas veces regresaba a sus escenas para rememorar el momento del crimen.

Esta costumbre fetichista fue la que finalmente permitió identificar un buen número de víctimas, ya que ocultas en una bota en su domicilio, se hallaron pertenencias de las personas a las que había atacado.

Así, a los 35 años terminó la vida de Francisco Antonio Laureana, quien habiendo comenzado a desandar su camino hacia el cielo, decidió cruzarse para emprender otro, que claramente iba en sentido contrario y que finalmente lo dejó ardiendo en las llamas del infierno.

Por Hernán Marty | Especial para CRONOS

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