El gobernador Axel Kicillof aprovechó una de las fechas más sensibles del calendario argentino para dejar una señal que fue mucho más allá de la conmemoración. El mandatario bonaerense participó de la tradicional vigilia por Malvinas en Río Grande, Tierra del Fuego, y quedó en el centro de una foto cargada de mensaje político junto a sus pares Gustavo Melella (anfitrión) y Ricardo Quintela (La Rioja).
El acto tuvo como escenario la histórica Carpa de la Dignidad y el Monumento a los Caídos, donde cada 1° de abril por la noche se reúnen excombatientes, familiares, autoridades y vecinos para esperar la llegada del 2 de abril. La vigilia, que con los años se transformó en un símbolo nacional del reclamo por soberanía, volvió a tener a Río Grande como epicentro emocional y político.
Pero esta vez la carga política fue imposible de disimular. La presencia de Kicillof en el extremo sur del país fue leída en el peronismo como un gesto de construcción federal y también como una señal de articulación entre gobernadores que buscan ordenarse frente al escenario que abrió el gobierno de Javier Milei. La imagen compartida con Melella y Quintela alimentó de inmediato las lecturas sobre una posible mesa opositora con volumen territorial.

En ese marco, la ausencia de Victoria Villarruel terminó de potenciar el efecto político de la jornada. La vicepresidenta había sido mencionada como posible participante de las actividades por Malvinas, pero finalmente no apareció en la foto de la vigilia. Su faltazo despejó cualquier cruce incómodo y dejó el protagonismo casi por completo en manos del peronismo, que encontró en la fecha una escena de alto valor simbólico.
En este marco, Kicillof no dejó pasar la oportunidad para reforzar un mensaje de soberanía con tono bien político. En sus declaraciones y también en redes sociales, insistió en que “la Patria, la memoria y el territorio nacional no se venden”, una frase que fue leída como una crítica directa al clima de época libertario y a la lógica de ajuste que cuestiona desde hace meses.
Durante su paso por Tierra del Fuego, además, el mandatario bonaerense volvió a enlazar la causa Malvinas con la defensa de la industria nacional, el trabajo y el control estratégico del territorio. En esa línea, hizo referencia al valor geopolítico del sur argentino y a la necesidad de sostener políticas que fortalezcan la producción fueguina, un punto que también comparte con la administración de Melella.
La vigilia también sirvió para mostrar volumen político más allá de los gobernadores. Hubo presencia de excombatientes, dirigentes sindicales, legisladores, intendentes y referentes de distintos sectores del peronismo. Esa amplitud buscó reforzar una idea que en el PJ viene tomando forma: usar fechas de fuerte carga identitaria para exhibir cohesión, territorialidad y capacidad de reacción frente al oficialismo nacional.
En el entorno de Kicillof juran que no fue un viaje “electoral”, pero nadie desconoce que el gobernador viene acumulando gestos por fuera de la provincia de Buenos Aires. Su desembarco en Tierra del Fuego fue, de hecho, una de sus primeras apariciones de peso en otra provincia durante el año, en un contexto donde el peronismo todavía busca una narrativa común, una jefatura clara y una hoja de ruta hacia 2027.
Así, lo que empezó como una vigilia por Malvinas terminó dejando bastante más que una postal institucional. Entre antorchas, memoria, excombatientes y consignas de soberanía, Kicillof se llevó una imagen potente, una escena de unidad y una oportunidad política que en su espacio no piensan desperdiciar. Porque en el peronismo saben que, cuando faltan liderazgos definidos, hasta una fecha patria puede convertirse en plataforma.
