Federico Otermín, intendente de Lomas de Zamora y actual vicepresidente segundo del Partido Justicialista (PJ) bonaerense, empezó a jugar un partido que en el peronismo bonaerense ya nadie disimula: el de la sucesión de 2027. Aunque recién arranca el 2026, la pelea grande por la Gobernación se empieza a palpitar y el mandatario lomense se mueve como algo más que un jefe comunal del Conurbano y aprovecha su rol en el PJ bonaerense para salir del sur del Gran Buenos Aires y ganar millaje político en el Interior.
Desde que Axel Kicillof quedó al frente del Partido Justicialista provincial, Otermín pasó a ocupar una silla clave como vicepresidente segundo de la nueva conducción. Ese lugar le dio una excusa institucional perfecta para recorrer distritos, participar de actos partidarios y empezar a construir una presencia territorial que no tenía cuando su figura estaba más asociada a la Legislatura, cuando fue presidente de la Cámara Baja bonaerense o a la política de Lomas.
En las últimas semanas, su agenda dejó una señal difícil de ignorar: Bahía Blanca, Carmen de Patagones, La Costa, Bragado, San Nicolás en la Expoagro aparecieron en un mismo mapa. No es una postal casual. En un peronismo donde todos miden cada gesto, el intendente lomense busca mostrarse como un dirigente con capacidad de hablarle al Conurbano, pero también al Interior productivo y a la estructura partidaria.
Esa proyección no se explica solo por ambición personal. Otermín aparece, además, como una pieza de síntesis para un grupo de intendentes que quiere ganar centralidad propia en medio de la tensión entre el kicillofismo y La Cámpora. En ese armado, varios jefes comunales ven en él a un dirigente con perfil de articulador, más inclinado a la rosca silenciosa que a la exposición permanente.
Su fortaleza, justamente, parece estar ahí: en el equilibrio. Tiene buen diálogo con Kicillof, pero también puentes con el cristinismo. Esa doble terminal se potencia por su historia política y por su vínculo con Daniela Vilar, ministra de Ambiente bonaerense y una de las figuras de confianza de Máximo Kirchner dentro del gabinete provincial. En un peronismo partido en tribus, ese dato no es menor.
La carrera de Otermín también ayuda a entender por qué algunos lo miran como una apuesta seria. Entró a la política desde la comunicación institucional en Lomas de Zamora, creció al calor del armado local, fue diputado provincial, presidió la Cámara baja bonaerense y en 2023 dio el salto a la intendencia, donde hoy busca construir volumen de gestión con agenda propia.
Sin embargo, el principal problema que tiene por delante no es interno, sino público: todavía es poco conocido fuera del ecosistema político. En el Conurbano sur su nombre circula hace tiempo, pero el Interior bonaerense es otra liga, con códigos, referencias y liderazgos distintos. Y en una Provincia donde la marca personal pesa tanto como el aparato, instalarse no es un detalle: es una condición de supervivencia.
A eso se suma otro elemento que vuelve más áspera la competencia: la lista de aspirantes dentro del peronismo ya está superpoblada. En el radar aparecen ministros, intendentes y dirigentes con más nivel de conocimiento, estructura o volumen de gestión. Por eso, la carta de Otermín no parece ser la estridencia, sino algo más fino: ofrecerse como una figura de unidad, con respaldo territorial y sin cargar con una pertenencia total a ninguno de los bandos en disputa.
Por ahora, su método es claro: recorrer, hablar poco y dejar que otros empiecen a mencionarlo. En una interna donde sobran nombres y faltan puentes, Federico Otermín intenta venderse como una rareza útil: un dirigente joven, con caja política, anclaje municipal y capacidad para sentarse con todos. Falta mucho para 2027, pero en Buenos Aires la carrera ya arrancó y el intendente de Lomas no quiere llegar tarde.